Me veo en la imperiosa necesidad de felicitar efusivamente a Julián Muñoz, ‘Cachuli’, ex alcalde de Marbella, ex preso y, por lo que algunos dicen, ex rico. Y nada de ironías. Es una felicitación sincera en todo el rigor de la palabra, y que también se puede hacer extensiva a otro ex preso y (supuesto) ex rico como Luis Roldán.
Tanto el uno como el otro merecen mi admiración, en especial el primero, tal vez por aquello de que su tinglado está de rabiosa actualidad. Julián, según dice la Justicia, no robó más dinero público durante su vivencia como primer edil de Marbella, porque no le dio tiempo. Luego, tras su estancia prisión, su primera entrevista pública, en una cadena de televisión nacional, le reportó para su bolsillo una cantidad en torno a los 350.000 euros, en este caso según coinciden la prensa rosa y la amarilla.
Quería centrarme en todo lo que precedió y rodeó a dicha entrevista, emitida el pasado viernes 28 de noviembre. Los días, qué digo los días, las semanas previas a la emisión, estuvieron salpicadas de amplísimos debates televisivos, minuciosos artículos periodísticos de investigación y un detalle de lo más entretenido: varios programas de la tele y foros de internet crearon mensajes y plataformas de movilización con títulos del tipo “yo no veré la entrevista a Julián Muñoz’. ¿Argumentos?
1.“Se trata de un criminal que ha robado al pueblo y su ‘castigo’ es pagarle 350.000 euros, una cantidad que cualquier proletario y ama de casa no verán en su vida”
2. “Si nadie ve la entrevista, habremos dicho basta a la telebasura porque ya nadie se atreverá más a perpetrar algo así, ¡los telespectadores tenemos el poder de conseguirlo!”
Resultado: la entrevista a Cachuli fue lo más visto del viernes noche. Si quieren, en términos deportivos: Cachuli 350.000 – Telespectadores 0. Venga, otra más: Los que se aprovechan de la estulticia 350.000 – estultos 0.
A mí personalmente me importa un pimiento lo que el pájaro, cómo fue esa entrevista, cuánto cobró y a dónde ha ido a parar ese dinero. Lo que me hace gracia es precisamente lo dicho antes: amigo ciudadano, un político, al que has elegido para que te gobierne, ha estado durante años introduciendo la mano en tu cartera y sacando billetes. Mientras tú sufres mes a mes para afrontar la hipoteca de tu pisito de 60 metros, él ponía Mirós para adornar su cuarto de baño (artísticos zurragallos le tenían que salir). Luego, una vez sale de la cárcel (aún sin saberse dónde está TÚ dinero), le ofrecen por una mísera entrevista una cantidad equivalente a lo que probablemente podáis llegar a ganar tú, tus padres, tus hijos, tus nietos y tus bisnietos sumando vuestras vidas laborales. Llega el viernes noche y, claro, como la crisis aguda impide que tu bolsillo no esté para cenar por ahí, te quedas en casa con tu churri, sustituís el restaurante por un cuenco de cacahuetes, y a ver si Julián desvela si está o no está con la Pantoja.
¿Sabes qué? Eres IDIOTA. Con todas las letras. Y acúsame de demagogia si quieres, aunque luego el lunes hubieras negado rotundamente haber visto la entrevista en alguna de tus muchas horas extras de trabajo no remuneradas. Pero lo mejor es que ésta no es la moraleja de la historia: la moraleja, de la cual emana mi calurosa felicitación a Cachuli, es el aplauso a esa capacidad de algunos para sacar máxima rentabilidad de la estulticia generalizada. De hecho, si yo pudiera, también lo haría, pero ocurre que ellos son manifiestamente más listos. Y no sólo sujetos individuales, sino también empresas como esta Tele5 que en particular le salió la jugada redonda y en general da lecciones casi diarias de astucia. A saber: muchos denuncian su amarillismo deliberado, su ausencia de ética y principios, la pobredumbre de su programación… A mí me parece un brillante e interesantísimo ejercicio de estirar el chicle (donde digo ‘chicle’ digo ‘lo que la audiencia está dispuesta a tragar’) al máximo, a ver cuándo se rompe. Y vamos a estirarlo cada día un poquito más, sí, vamos a añadirle este montón de mierda extra, a ver si aguanta. Y queda claro que el chicle (el ‘estulto’) es muy muy difícil de roer. Al share me remito.
Por ello, mi aplauso. Ante la estulticia generalizada, muchos políticos oponen la educación; otros en cambio, optan por algo tan saludable como generar un negocio y hasta fomentar el empleo y la inversión. ¿Deshonesto? Bueno, pero al fin y al cabo, también sería provechoso que la honestidad estuviese al servicio de la inteligencia.